lunes, 22 de diciembre de 2014

Las Islas Marquesas, viajar por los "Mares del Sur"


Fue Álvaro de Mendaña, allá por 1595, quien llegó a las costas de Hiva Oa, después de un error de navegación. Olvidadas durante siglos, tuvieron que esperar al siglo XIX para ser recuperadas por la historia. El fue el pionero y tras el llegaron todos los demás motivados por su estela.
Trato de manifestar la seducción que pudo animarme, como a algunos otros viajeros, a la búsqueda de esos lugares incomparables por la aventura que supone llegar hasta ellos, el paisaje que ofrecen y también esa fuerza magnética que arrastra a las personas incluso a abandonar todo y tomar la decisión de llegar hasta ahí.
De partida estos lugares nos ofrecen una cultura con elementos y costumbres sustancialmente muy distanciadas de las occidentales, con una fortaleza vital tan directa que arrastra y descarga rápidamente todas las expectativas que pudiéramos tener e impulsa nuestra curiosidad para acercarse a estas gentes tan prestos a la comunicación, a la aceptación y mirada sonriente.
Tal vez en ningún lugar como en los Mares del Sur se dan las características donde descubrimos esos aspectos de aventura y la rudeza del mar y sientes en cada isla, de entre ellas, que Las Marquesas son un enclave remoto que aunque civilizado, contiene ingredientes de lo salvaje y aventurado.
Así, dejamos Nuku Hiva para ir a Hiva Oa, un micro mundo lleno de eso que no te atreves ni puedes diferenciar fácilmente, porque hay una belleza natural sin similitudes, que alienta la leyenda sin exageraciones necesarias; diría que percibes un mundo ajeno a casi todo lo conocido y dentro de el Atuona, un lugar de peregrinación para los románticos, aquí vivieron y descansan Paul Gauguin y Jaques Brel, el viajero de altos vuelos y soñador de islas remotas para ver y llevar las estrellas imposibles a un amor..., generoso e idílico ¡ne me quitte pas!
El viento, la luz, el mar y la montaña vestida de su tejido vegetal tan intenso enamoran y recrea..., te fija en su existencia diversa y magnífica.
Este lugar elegido por Paul Gauguin y Jaques Brel, y tantos otros que llegarían, después, siguiendo su estela, Somerset Moughan escribiría “The Moon and Sixpence”, en castellano “la Luna de seis peniques” referida a la ética de la búsqueda idílica, renunciando a un mundo civilizado anterior para desarrollar lo que tu impulso libre te reclama; el conflicto existencial del hombre forzado a elegir entre la realidad adquirida y el ideal para satisfacer su inspiración artística, enfrentando todas las conveniencias sociales y el paradigma moral del entorno familiar con lo social. El adopta una postura que disgusta a cualquier persona socialmente comprometida con los lazos morales del mundo civilizado. Fue llevada al cine en la película “Soberbia”.


Mario Vargas Llosa nos dejaría su novela, El Paraíso de la otra esquina”, lejanos en un principio a este mundo que ellos nos acercaron y a otros muchos que luego llegaríamos, ahora lo sé y, esta lejanía, no es inútil, es aun hoy en día un puerto para el alma del viajero insatisfecho, contradictorio, que quiere alejarse del cinismo, el materialismo y la superficialidad de una sociedad que nos hace dudar de lo que somos y la intención más elemental, lo que queremos ser. Para encontrarse uno mismo, parece ser que nos urge alejarnos de las tendencias y costumbres momentáneas o las inercias de otros precursores que acaban sumergiéndonos en la generalización  cómoda y domestica de lo civilizado.
Eso es lo que pensó o lo que necesitaba encontrar para alejarse de los problemas, pero no por tiempo ilimitado
La belleza es un rayo que traspasa la actualidad para ya nunca poder volver a ese instante en este mismo lugar. Con la rutina se pierde la chispa de esa estrella fugaz que es la vida de un ser humano que trata de encontrar sentido a la actualidad cotidiana.
La vida en esta isla es muy dura para los naturales herederos de ella me dice uno de los nativos, sus recursos naturales son la caza, la pesca y la poca agricultura que desarrollan en sus huertos que a modo de jardines, alrededor de una casa rudimentaria y sencilla, plantan árboles que les proporcionan: bananas, pomelos enormes, aguacates, fruta del pan, manzanas, limas, etc., pero la paz que te envuelve y acompaña es total.
Hiva Oa, fue el último refugio de Paul Gauguin,  que lo dejó todo para dedicarse a pintar. Tenía varios hijos de una esposa danesa y se ganaba la vida de manera digna como agente de bolsa en París con cierta importancia social. Una vida previsible que no le satisfacía y cuando decidió que la pintura sería el motor de su existencia emprendería un periplo viajero por los mares del Sur hasta llegar a las Islas Marquesas, Hiva Oa, y en Atuona; esto puede ser, un paraíso en el fin del mundo donde lejos de todas las influencia y obligaciones encontrarse. Cuando te descubres y aprecias un atardecer en las quebradas y empinadas montañas de Hiva Oa es fácil entender por qué decidió descansar en paz aquí. Aunque luego llegaría a lamentar diversas contradicciones llego a la conclusión que pudo pintar con todo el empeño y convencimiento de sentir ser autentico. Vamos caminando por una vía empinada, hacemos un primer alto en el camino, que nos lleva a su tumba. Paul Gauguin, está enterrado en el camposanto de Cavalry, en un sepulcro de piedra, modesto a la par que digno, rodeado de acantilados.
Cada lugar nos deja una huella indeleble de culturas remotas y ancestrales; con cada conocimiento de ellas, las leyendas que nos narran  nos llega una emoción que prende en nuestros sentidos, transmitiéndonos indicios, algunas identidades, con sus semblantes imaginarias. Siempre, en cada encuentro, hay esa despedida necesaria que no deja de ser sensible y nos da  pena; pero nos llevamos lo que aprendemos, con una naturalidad directa de la gente que conocemos y nos relacionamos como somos, seres sensibles y contenedores de esos valores que nos enriquecen.
Me decía Alicia, una antropóloga uruguaya que trabaja en la Universidad de Nueva York, un poco antes de despedirnos, pues cada uno tenía su destino, hablando de los lugares y las opiniones: Las hay válidas y nos ayudan a poder elegir y las que nos parecen distanciadas, incluso desproporcionadas, nos enseñan algo de las personas que las vierten. Eso, es lo que me gusta de todo contacto humano, aprendemos y conocemos con lo que recibimos.
Pronto me alejaré de las islas Marquesas, iré cinco días con mi querida compañera y amiga fiel a Bora Bora, para navegar, conocer la isla y disfrutar de esta otra orilla de la Polinesia.
Después de haber estado escuchado el mar en el duermevela de la noche sientes que es el que ha traído los primorosos sueños y este estado de tranquilidad desusada. El ambiente es muy benigno,  lleno de complacencia y sensaciones dulces como este mar lleno de mundos colmados de búsquedas, leyendas, hazañas, romances y festejos de atardeceres esparciendo colores nunca vistos. Las mujeres cautivan tu espíritu más sutil con sus dulces sonrisas con el saludo decidido maorí: ¡ai orana! Que equivale a ¡hola! Pero que descubres y comienzas un trance cuando bailan; mi compañera dice, que es la suma de estas danzas ancestrales, esta música de lo más profundo de estas civilizaciones que viene de la selva original de donde proceden. Las flores son cuantiosas por todos los lados y patios de las casas, los naturales de las islas parecen ser felices poniéndolas igual que en una corona adornando y floreciendo su cabeza, como con la sonrisa en sus labios poniéndote  una guirnalda sobre el cuello, la emoción se esconde en cada saludo constante y te hacen suponer estar en el paraíso.
En esta mañana como en cada una de las que llevo aquí, el agua está tibia y los peces nadan en fila o haciendo otras formaciones dependiendo de quienes se trate. Las aguas son transparentes y su fluidez es suave como una caricia, como un reflejo de luz, los peces de colores azules, rojos, amarillos, limonados irisados de azulete, también he visto alguna barracuda, alguna raya sigilosa y, suspendida. Aquí los segundos se hacen eternos pero el tiempo pasa como sin darte cuenta equívocamente; a veces quisieras unos minutos más, las horas no se sí existen; para mí, he perdido la ilusión ingenua de poder medir el tiempo.
La agrupación de flores, como se llevan, tienen un lenguaje simbólico. Se llevan para dar un aire festivo al vestuario o en ocasiones especiales, aquí parece que todas las ocasiones lo fueran. Si lleva una flor en la oreja derecha, presumiblemente es una joven soltera, también denota que está libre y abierta a una nueva pasión. Si la flor la lleva detrás de su oreja izquierda, representa que su amor está ocupado o que está casada.
Si lleva flores en los dos lados anteriores a la oreja, significa que está tomada pero indecisa. Si lleva la flor por la parte trasera del cabello, significa que puedes seguirla y se considera una invitación evidente de que está dispuesta a todo lo que desees. Las flores más bonitas, que están siempre presentes son: el hibiscus, frangipani, bugambilla, Tiare Tahití.